Muchachas tristes

"Las primaveras ya no tienen otoños que las quieran"

Capítulo I

Fue un día de enero de 1980, al anochecer. En el Gaviota sonaban las mismas canciones que en cualquier otro pub de la época. Podría haber sido en cualquier otro lugar donde Marley, Hendrix o Pink Floyd se disputaban el aire entre el humo del hachís, las conversaciones animadas por la cerveza y el ímpetu propio de la juventud. La noche anterior, en la avenida San Onofre, se había producido un encuentro no deseado que terminó en pelea. Varios individuos propinaron una paliza a un joven de veintidós años, que por exceso verbal o por otras cuestiones no aclaradas puede que provocara la irritación de los agresores y la consiguiente actuación.

Aquel anochecer del día 23 marcó la vida de los ocupantes del Renault-10 que se dirigía al Gaviota. La escopeta en el maletero, cartuchos de caza y una voz femenina que preguntaba: 

-Pero ¿sois capaces de matar?

Una vez dentro del pub se suscitó una discusión entre los agresores de la noche anterior y el grupo de amigos que habían llegado en el vehículo. Las palabras y amenazas subían de tono y salieron todos a la avenida. Uno de los jóvenes sacó la R-Sande calibre 12 del maletero y se encaró contra el otro grupo. Entonces intervino su primo Domi que le arrebató el arma y asiéndola por los cañones intentó apaciguar el asunto, momento en el que J. B. Buendía de veintitrés años, ejecutoriamente condenado por delito de robo en 1977, de resistencia a fuerza armada en 1976, de robo de uso y conducción ilegal en 1975, de una falta de hurto y conducción ilegal en 1974, de dos delitos de robo en el 1973 y por conducción ilegal y tres robos en 1974, se aproximó a Domi y asiendo la escopeta por la culata empezó a forcejear hasta que llegando al gatillo disparó, alcanzando el proyectil a quemarropa a Domi que sufrió heridas de tal magnitud que determinaron su fallecimiento siete días más tarde.

Aquella noche a las puertas del Gaviota hubo tres procesados, un mal herido y seis testigos. Una semana después hubo una viuda, un huérfano y una ocupante del Renault-10, desconsolada, esperando otro huérfano.

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Capítulo II

A la hora de la siesta, una tarde de verano, recorría las calles de mi pueblo con la estupenda bicicleta que había construido con piezas de otras bicis y que alquilaba a la chiquillería del barrio por dos reales, ida y vuelta, en el callejón sin salida. Aún iba yo al colegio, sería a mediados de la década de los sesenta. Al pasar por la calle Mayor alguien me lanzó, con fuerza y atino, una manzana a la cabeza. Me volví y vi que el sujeto actor del hecho se escondía en el balcón de su casa. Era Vicente Ros, que no hacía otra cosa más que meterse conmigo continuamente, porque aún habiendo nacido en Valencia me llamaban “el churro” que es como llaman aquí a los emigrantes que vienen de otras regiones españolas y yo siendo hijo de tal condición era motivo de burlas y otra serie de circunstancias que podían poner en peligro mi integridad física. Pero yo no era de los que se quedaban con los brazos cruzados y después de aquella tarde, pasados unos días, lo esperé a la salida del colegio subido a la verja con un palo en la mano y cuando salió por la puerta enrejada, entre la masa de infantes y aprovechando el algarabío,  le di un golpe para recordar toda su vida. Cuando mi padre, el Peset, llegó a casa me dio una buena paliza. Era muy astuto y ya se había enterado de mi hazaña sin que nadie le confirmara que había sido yo. La familia de Vicente quería denunciarme porque tuvieron que ponerle veinte puntos en la cabeza, pero no lo hicieron ya que al fin y al cabo el primero que había recibido había sido yo, y ya se sabe “donde las dan, las toman”.  Lo que si hizo la dirección del colegio fue expulsarme durante dos meses. Casi me hicieron un favor por que el colegio no era lo mío. Yo desbordaba fantasía e ingenio dedicándome a otros asuntos de niño.

Don Ever era mi maestro. El sabía que yo siempre iba por libre y me mandaba a la clase de los pequeños para que les contara historias ya que eso se me daba bien. Me gusta hablar, no me callo. Así me gané el apodo de “boquerón” en la mili. Por la tarde, al salir del colegio, don Ever nos llevaba a unos cuantos a su taller y nos ponía a trabajar a ver si por lo menos aprendíamos algo. Lo tenía bien montado el maestro, aunque mirándolo bien este castigo es muy útil ( me da igual que se me echen encima los de UNICEF o los de los derechos humanos) por lo menos te enseñaba un oficio. Allí fue donde tuve mis primeros contactos con los metales que luego iban a ser mis útiles de trabajo durante toda mi vida.

Mi padre tenía un taller de talla en madera donde trabajaban mis hermanos mayores porque, si digo la verdad y no miento, a él nunca lo vi trabajar. Recuerdo que a mi hermano Pedro lo ponía delante de un madero y le decía:

– Talla la madera como el dibujo de la muestra.- Y mi hermano que no sabía, ni nadie le había enseñado, lo hacía mal y ¡zas! ostia al canto.

Pobre Pedro, así aprendió.

Yo, viendo la situación, no quise ser tallista sino chapista y recién salido del colegio trabajé en el taller de mi gran amigo Charlie y más tarde en otros talleres de la zona hasta que me puse por mi cuenta, sin local y con unas pocas herramientas. Enderezaba los chasis de los automóviles atando una cadena a la vía del tren que divide Aldaia, pueblo fronterizo con el mío, en dos zonas y el otro extremo de la cadena a la parte del vehículo que había que reparar. Poniendo primera y sin casi llegar a los pedales le daba al acelerador hasta que se resolvía el problema. Con dieciséis años gané mi primer millón de pesetas, eso si, a fuerza de mucho sudar y ensuciarse, de trabajar sin protección y con pocos recursos, de alquitranar bajos sin mascarilla y sacando colores a ojo de buen cubero; así me formé en el oficio y así me gané el sobrenombre de Dr. Peset  “el cirujano del automóvil”. Con todo este esfuerzo conseguí abrir un taller propio en la calle Cuenca donde siempre tenía faena, más que mi amigo Charlie y más que los talleres donde trabajé. Venían clientes de Valencia capital porque habían oído hablar de mí, con sus coches de lujo y sus billeteras llenas. También gente con pocos recursos, conocidos del barrio donde me crié a los que en ocasiones  no les cobraba porque sabía las situaciones de sus economías. Con tanto trabajo tuve que echar mano de aprendices que al paso de los años se han convertido en oficiales de primera muy competentes, y otros, los que nadie quería contratar, los yonkies , también los tuve en el taller. La gente me decía que por qué los contrataba y yo les decía:

– Mientras están aquí no están en la calle metiéndose mierda o robándole a su madre.- Aunque en alguna ocasión me he encontrado a alguno con la chutona colgando dentro de un coche del taller o haciendo alguna picia con la pintura llevándosela a escondidas para venderla a otro taller, pero en general se comportaban, me tenían respeto.

El que menos me respetaba era mi padre que quiso quitarme el taller poco antes de regresar del servicio militar. Lo dejé al cargo del negocio y un día de tantos, al regresar con un permiso, el viejo me dijo que el taller ahora era de él y de su socio “el cojo mantecas”, que habían estado al cargo durante mucho tiempo y que allí yo no tenía nada que hacer. Se me cruzaron los cables. Fui a mi casa directo a la habitación que compartía con mi hermano Pedro y cogí el nueve corto que tenía debajo de la cama en una caja donde también guardaba dinero por si acaso Amada, mi madre, necesitaba algunas “perrillas”. A pasos firmes me dirigí al taller y apuntándoles a los dos les grité:

– ¡Fuera ahora mismo del taller si no queréis morir aquí ahora mismo!

¡ Y bueno si se marcharon ! ¡ pies para que os quiero !. Sinvergüenzas, el esfuerzo de mi puta adolescencia me lo querían arrebatar. Que me llamen loco, me da igual, pero estos no se quedaban con lo que era mío.

Siempre he tenido un arma, pero jamás la he utilizado. De una manera o de otra las armas de fuego siempre han estado presentes en mi vida, unas veces para bien otras para mal. Algunas de ellas me han traído problemas sin estar si quiera a mi nombre ni ser mías. A veces me han salvado de situaciones límite sin mostrarlas ni usarlas, sólo insinuarlas. Ahora, en este ocaso que siento se aproxima, no tengo más que un rifle de perdigones oxidado que cuelga de una pared de la habitación.

Capítulo III

Creo que he llegado a la recta final de esta esclavitud larga y enferma. Ya no hay nada más que el camino que debería haber tomado treinta años atrás. Es hora de terminar con esta angustia, ruina mental y física. En esta circunstancia me veo a mis cuarenta y nueve años porque yo he querido. Hoy, familia, es un buen día para empezar a cambiar. Estamos en el mes de julio del año 2006 y durante casi tres décadas he sido consumidor de cocaína, dos gramos diarios y diez gramos los fines de semana, los últimos seis años casi todos los días un gramo. En las horas previas he consumido, pero nunca lo hago fuera de mi casa. Fumo hachís desde mi adolescencia sin embargo esto no me preocupa. En mis tiempos pasados la Reina era distinta, más pura.Cuando llevas tanto tiempo con ella te absorbe por completo, porque tú le has dejado. Forma parte de tu cabeza. Es casi imposible abandonarla para siempre. Yo sé que nunca la dejaré del todo. Una vez tienes el embrión  dentro de ti no existe ningún tratamiento si no eres capaz de abortarlo y renunciar plenamente. Tienes que querer y creer en ti. ¿Tú crees en ti o ya no crees en ti?¿Dónde está ese genio que brillaba como el sol?¿Dónde estoy? Búscate, es fácil si tú quieres. Has arrastrado tu vida por inconsciente. Un genio sin maestro con catorce años. ¡Búscalo!, sigue estando dentro de ti. ¡Búscalo!, que el tiempo corre. ¿Tú crees en ti? No lo sé…

Más bien para mal que para bien la probé en Melilla, con un amigo más que amigo, con un hermano más que hermano: Domi el peluca. Hace veintisiete años que murió por mi culpa. Un cartucho que salió de mis manos le arrancó el hígado. Por aquél entonces yo fumaba y bebía como muchos también lo hacían. Mi curiosidad, tan sólo tenía diecisiete años, me llevó primero a experimentar con la heroína. Mi hermano Domi me desvirgó la vena. Me creía el más listo y vacilón de mi barrio. Y aunque bailé con ella no me atrapó como lo hizo la Reina. En una estatua blanca es en lo que te conviertes, ese es el final de su agonía. Empecé como un juego de mayores, pero era un niño. Nadie me obligó, fui yo mismo. Esta intromisión me ha costado un alto precio en cuanto a salud y dinero. A pesar de todo no fueron malos tiempos, aún sigo pensando que fue una de las mejores épocas de mi vida, cuando me llamaban pequeño genio. Nunca fui un genio, los genios se quieren. Yo creo que nunca me quise. ¿Qué soy ahora?, una verdadera mierda muy grande. Puede que me quiera morir. Tantas veces me pregunto: ¿ por qué?, y no entiendo cómo soy tan gilipollas con la puta cocaína. En fin, no sé si algún día la dejaré por completo, aunque dicen que nunca dura nada para siempre.

A veces, padre, pienso que tenías que haberte hecho una paja encima de la estufa, pero nunca tuvimos una, y ya me tienes muy quemado Peset, ya no puedo. Déjame padre, siete años hace este mes que saliste de este mundo y sigo acordándome de ti todos los días de esta miserable vida. Entérate que no soy como tú. Soy yo, aún habiéndome destrozado por dentro y por fuera. Tengo una familia que no se merece esto. Si Peset deja en paz a mi familia, deja de insistir, deja sobrevivir lo que queda de mi. Peset eres como los políticos, falso, como la vida desde hace treinta años.

Capítulo IV

Aparecí en este mundo el ocho de abril de 1957 en el seno de una familia ya numerosa. Éramos siete hermanos y por lo visto tenía que nacer en un pueblo del extrarradio de Valencia llamado Alaquàs, en el año de la riada que desbordó al río Turia. Mi familia vino desde la Sierra de Alcaraz, en la Mancha. Mi señor padre era viudo con dos hijos pequeños y mi madre también, con una hija de aproximadamente la edad del mayor de mis hermanos. Mi padre había perdido a su mujer de un mal parto de su tercer hijo que también murió y mi madre enviudó a causa de la Guerra Civil con tan sólo diecisiete años, vamos que eran un roto para un descosido. Formaron una familia en las llamadas “cuevas”, en la sierra, donde engendraron a cuatro criaturas más, y estando mi madre encinta de este servidor vinieron a vivir aquí, a una casa de cuarenta metros cuadrados en el Barrio de los Faroles,  unas viviendas de protección oficial y de construcción reciente para la avalancha migratoria que por aquél entonces invadió Valencia. Allí vivíamos nueve personas más dos sobrinos de mi madre. Esto suponía mucha comida y mucho jabón. Yo siendo el más pequeño y entre tanta gente ne sentía bastante solo, tan solo que de mi infancia más remota recuerdo vagamente que mi madre nos ponía a los más pequeños encima de una manta en el comedor y poco más. Mi padre casi nunca estaba en casa y demostraba muy poco interés por sus hijos. No había un ambiente  de mucha cultura más bien de mucha ignorancia. Pero si recuerdo con mucha emoción a mi abuela Mª Dolores, pequeñita pero muy viva. Había sido maestra en Yeste, el pueblo de mi madre. Ella fue la que me enseñó a leer con un pañito bordado a punto de cruz. Mi madre nunca aprendió a leer ni a escribir y eso que su madre insistía, pero al parecer si que aprendió a ir a la fuente, que era donde se reunían los muchachos, pues quedó embarazada muy joven y se casó deprisa y corriendo con el padre de mi hermana Paca. Mi abuela le dijo que no se casara, que la guerra se veía próxima y que al chaval lo llamarían a filas y dios sabe que podría pasar. Pero mi madre no hizo caso y así le fue.

Este barrio donde me crié estaba rodeado de naranjos. Allí viví mi infancia libre y maravillosa, buscándome la vida por aquí y por allá, entre la huerta y las acequias de aguas cristalinas. Cerca de allí había un lugar llamado El Calvario, una cruz de hierro sobre unas escaleras. Ese era mi refugio. Me gustaba ir y tumbarme a mirar el cielo. Cuando mi madre me llamaba desde el balconcillo y yo no daba señales de vida, se acercaba hasta allí y siempre me decía lo mismo:

– ¡Vamos a casa Rafael, que va a venir tu padre!

Muchas tardes, después de salir del colegio, íbamos algunos chavales del barrio  a los campos cercanos a comer algunas naranjas, melones o cualquier otro fruto que nos ofreciera la naturaleza. ¡Pero amigos, no era tan fácil!, había un guarda llamado Garrotano  que disponía de una carabina que disparaba sal y en el caso de que salieras corriendo y no te pudiera coger disparaba con la carabina y si te daba estabas listo, pero si te cazaba el Garrotano era ir de guatemala a guatepeor  por la sencilla razón que la multa que te ponían era de cinco duros y aquello era mucho dinero. Pero yo le tenía mucho más miedo a mi padre que al guarda, porque sabía de antemano la somanta de palos que me iba a dar. Entre los siete y los trece años sólo me cogió Garrotano dos veces. En invierno la fruta más especial era la clementina. Cierto día llegué a casa con el olor maravilloso de haber comido este delicioso néctar divino. Inocencia de la edad. Mi padre, el señor Peset, raudo, veloz  y sin mediar palabra me propinó un guantazo. No estaba dispuesto a pagar otra multa. En sucesivas ocasiones fui más sagaz y después de comer alguna fruta, motivo principal de mis escapadas al campo, me lavaba las manos en las acequias o en alguna fuente de camino a casa. Pero, aún tomando precauciones, mi padre siempre tenía alguna escusa para arrearle a sus hijos. Mis hermanos Ángel y Pedro eran los que más cacho pillaban. Yo, cuando veía el percal, me deslizaba por la tubería que había cerca de la ventana de mi habitación y me bajaba a la calle. Mi padre asomado a la ventana, mientras yo bajaba, decía:

–  No bajes que te voy a dar.

Y yo le respondía: 

–  ¡Si me vas a dar igual!

Y me marchaba a todo correr  al Calvario donde, a veces, me quedaba dormido y soñaba; en mis sueños era un hombre con alas volando hacia lo más alto, planeando sobre los paisajes y dejando en la lejanía las razones por las que me encontraba en aquel lugar.Los sueños son las alas de la vida, son parte de uno mismo, de su libertad. 

¿Qué sería de mi sin haber sido yo mismo, sin mis sueños, sin la forma en que viví? No me lo imagino, después de todo ¿qué es la vida sin ser uno mismo? Muchas personas ni durmiendo son ellas mismas y en general, sobre todo los hombres ni cuando se acuestan con su mujer o con su amante son ellos mismos. Me dan mucha pena los cristianos y los que no lo son, hasta me dan pena los de el equipo A, que diría Vicente Ferrer. Dan pena los poderosos y los que no lo son si no saben ser ellos mismos y ser felices. Que tristeza y que pena me dan más profunda.

Aquí en este mundo, con el techo sin pagar, junto a mi amor,es el único lugar donde se goza la verdadera felicidad.

Capítulo V

El retrato de Franco estaba en la escuela, en todas, y el de Primo de Rivera. No había ni una triste cruz, como que solo existía Franco, Primo y Dios. Llevo toda mi vida cagándome en este último señor. Al mismo tiempo que levantaba el brazo y el blasón, en mi pequeña casa, también escuchaba las palabras de mi padre: cagarse en Dios y en la puta madre del señor Francisco Franco. Así era mi padre Peset, Peset, Peset,…Toda su herencia fue una chapela vieja y el “me cago en Dios”. Todo su pecado fue ser comunista, eso decía él, pero vivía como un marqués sin título. Al parecer su madre, o sea mi abuela Ruperta que nunca conocí, estaba emparentada con la notable familia de médicos valencianos apellidados Peset, perteneciendo a una rama de estos parientes afincada en Madrid, con lo que en todo caso debiera proclamarse republicano, de no se sabe que índole, y no comunista. Esta situación de afinidad le costo catorce meses de prisión. Era sabio por viejo pero no inteligente. Pocos viejos de su época vivieron lo que Peset: cacerías, viajes, buenos coches, mujeres,…pero como ya apunté anteriormente nunca lo vi trabajar. Con tantos hijos ya tenía quien trabajase por él. Solo se que antes de que yo naciera se cayó de un andamio, pero era tan orgulloso que no quiso ni aceptar las doscientas pesetas mensuales que le asignaron por el accidente. El viejo Peset me condenaba por haber desperdiciado mi vida. A él le gustaba el dinero, a mi nunca me importó. Hecho de menos aquellos años de represión y el olor de aquél entonces.

Yo si fui comunista durante un tiempo. Con dieciséis años llegue a ser el militante más joven de la Comunidad Valenciana. Conocí a Santiago Carrillo en una discoteca llamada La Pantera Rosa cuando vino a dar un mitin, poco tiempo después de ser legalizado el Partido Comunista. En el mismo instante que empecé a escuchar a este hombre comprendí que jamás los comunistas gobernarían España. Meses más tarde abandoné la política y pase a ser ex- militante. Recuerdo que una vez me dijo mi padre:

– Hijo, la política es poder y dinero, por eso nunca arreglaran nada, siempre miraran por sus propios intereses. En guerra el enemigo te puede dar agua, pero en política, entre hermanos se matan.

Para ser político hay que ser un buen actor y tener un público que te siga. Si se actúa consecuentemente se generan amplias simpatías. Para ser un buen político la verdad debe ir por delante, pero esto genera antipatías. La política no debería ser partidista, sino noble. Actualmente huele muy mal: corrupción, tráfico de influencias, fondos reservados (¿para quién?)… no existen principios éticos. El modelo establecido consiste en aniquilar derechos y libertades, pero ¿quién vigila a los políticos?  Esto si que es una dictadura, no tienen vergüenza, todo lo que no sea un único pensamiento es políticamente indecente. ¿Desde cuando el transporte público tiene que ser rentable señores políticos? Menos vampiros del ladrillo y más alquileres asequibles para jóvenes y familias que lo necesitan. Eso si es importante. ¿Esto es una democracia? Esto es capitalismo. Todos los políticos son una banda de delincuentes.

Personalmente yo me hice rico con ” el tío Paco” y con la democracia de mierda lo perdí todo (claro, abandoné la política). Si Franco levantara la cabeza no se daría con la lápida, se la estamparía a unos cuantos en la cabeza. ¡Tendría que venir Franco con veinticinco años, que se iban a cagar estos indeseables!

Las futuras guerras del planeta, señores, no serán ni por el petróleo, ni los diamantes, ni tan siquiera por cualquiera de los metales más valiosos, sino por el agua, ese bien que es tan necesario como el aire, en un futuro muy próximo, más próximo de lo que piensan los más “listos” del planeta. Pero estos “caballeros bastardos” saben también como yo que aún se pueden evitar esas guerras. Yo, un simple yo, lo veo así. Se pueden evitar, insisto. Los que no tenemos poder no podemos hacerlo solos y la marcha atrás ya ha comenzado. Ustedes saben, como yo, que no hay que perder la esperanza de vivir en un mundo mejor para todos, para todas las razas, para nuestros hijos. ¿Qué herencia natural les vamos a dejar? Casi prefiero los tiempos del cara al sol. Lo que estoy viendo con mí ojo derecho, padres y madres, ancianos y adolescentes, no me gusta. No me gusta nada lo que veo y lo que va a venir. ¿Cómo es posible que los mandatarios de nuestro planeta lo vean y se queden de brazos cruzados, pasivos a lo que está pasando? Les da igual, sólo piensan en ellos mismos. El problema es tan real cómo la nefasta economía europea, sobre todo en nuestro país. Me preocupan mis hijos y todos los hijos de esta piedra esférica suspendida en el universo. Posiblemente cuando estas palabras salgan de estas cuatro paredes ya sea muy tarde para todos, incluso para las familias más poderosas, incluso para mi. Espero que haya hombres como yo que consigan salvar a los hombres inteligentes y humildes que queden en este mundo, el verdadero paraíso. Hagámonos oír y salvemos la tierra, que se ha convertido en una selva de hierro y cemento, en una puta mierda. Hemos terminado con los días claros a golpes de opulencias y denigración.

A pesar de todo la vida es hermosa pero, como dice mi amor, no hemos avanzado, para bien, en miles de años, todo lo contrario, estamos al límite de la convivencia. El ser humano no rectifica, ni aprende de sus errores, no hay justicia ni respeto, esto es el “sálvese quién pueda”. ¿Donde están las gentes de buen corazón?

Después de tanto tiempo sigo sin saber escribir bien pero cuento con mi amada para que me ayude, como siempre hizo esta mujer diferente. Si yo fuera mujer, quisiera ser como ella.

Capítulo VI

Una noche, como otra de tantas a principios de los ochenta, habíamos salido los cuatro a divertirnos en los lugares a los que solíamos ir. Ignorancia y osadía de la juventud, nos topamos con un delincuente con cargos y nosotros sólo éramos unos aprendices de “aquí estoy yo”. Mala combinación. El cartucho iba dirigido a otro, pero el destino no lo quiso así. No tendríamos que haber vuelto, aquella acción fue nuestra perdición… no te dio tiempo a saber morir.

Domitilio Moya, creo que ya es hora, no de olvidarte sino de yo mismo perdonarme. Te fuiste por mi culpa. Llevo treinta años sintiéndome culpable de segar tu vida. Tendré en mi mente para siempre ese instante que no debió pasar. Creo que he cumplido mi condena, entre nosotros Domi, he pagado ya. Cinco vidas truncó la ley y pasó por que tenía que pasar, al igual que tenía que estar con la hija del pintor, que ya no se si es mía o de ella misma. ¿Te acuerdas cuando te dije que algún día sería la madre de mis hijos?, veintitantos años después así fue, es mi mujer.

Toda la vida llevo perdiendo todas mis guerras, pero ya no quiero. Es posible Rafa, tú lo sabes y Peset, que eres tú mismo, también. No eres nada más que lo que quieres ser y yo quiero ser para mis hijos, para todos, mejor de lo que soy. He de tener en cuenta que nacer ya es un placer y vivir lo mismo. No hay otro paraíso que este que tengo en mente, sólo tengo que dar el paso. Busca Rafa, quizá no te quede tiempo, no te portes mañana igual, piensa en tu familia, que no estás solo, piensa en lo que hay dentro de ti y empieza a sacar el genio que guardaste en un rincón de tu pasado, que esta cocaína es sólo mental pero al final te trastoca el corazón y se convierte en locura total, llevándote al extremo en el que nadie te puede ayudar. La Reina nunca se detiene, nunca tiene prisa, te espera, aguarda a que seas un muñeco de trapo, a que seas débil. Juega en un tablero donde la peor de todas es ella, la experiencia así me lo demuestra. Es psíquico, mental, interno y la mente es lo más poderoso de nuestro mecanismo humano. Se que puedo hacerlo y más teniendo el apoyo de mi santa esposa, sin ella es posible que no lo lograra. Esta mujer que es mi todo, la mejor poesía de mi vida, que es como la primavera pero los 365 días del año, que cada doce meses pierde un poco de aceite y que aunque lo perdiera todo sin ella no puedo ni quiero seguir viviendo en este teatro al aire libre que es la existencia. No he podido amar a otra mujer nada más que a ella, es lo mejor que me ha pasado nunca. Soy tan feliz a su lado que sigo viviendo como siempre, igual que hace treinta años: vivir lo mejor posible haciendo lo que me da la gana y libre, libre como el viento, como el águila…pero ¿a quien engañas?… aún no eres libre. 

Pongo mis contadores a cero con la intención de llegar a mi objetivo. Yo era puro y fuerte como una roca, ahora tengo menos empuje que un niño de siete años, ¿cómo puedo amar si no me quiero?

Capítulo VII

Era tan sólo un niño de diez años cuando fui a Andorra la Vella. Me llevó mi padre y al llegar allí nos dirigimos a uno de los comercios de equipamiento deportivo que habían en el centro de la ciudad, una tienda repleta de niños “pijos” franceses y catalanes. En lo primero que me fijé fue en una “pijita” muy rubia y bonita mayor que yo, de inmediato le dije a Peset que buscara una cafetería  y se hiciera un carajillo, que yo me podía quedar aquí solo hasta que él volviera. Mi padre no dudó ante tal sugerencia  y se marchó dejándome en aquel ambiente por explorar . Una vez solo y con todo mi morro y cara, que ya era  mucho por aquel entonces, miré a aquella muchacha de cabellos dorados a los ojos y le dije:

– ¿Dónde puedo esquiar?.

¡Y Rafa era la primera vez que veía la nieve!; el caso es que con mis buenos modales le pregunté si sabía de otra tienda en los alrededores que fuera menos “pija” y ella me contestó firme y segura:

– ¡Nene que yo soy la dueña!, la tienda es de mi padre.

Ella tenía dieciséis años y su nombre era Cristina de los Santos. Fue la primera vez que fui a Andorra, pero no la única, pasados unos cuantos años volví con mi amigo Domi y en adelante las visitas se fueron haciendo cada vez más habituales. Ella fue la primera mujer que quiso tener un hijo conmigo, sin ningún compromiso, así lo decidió. La última vez que lo vi tenía cuatro años, pero siempre he sabido de él por medio de un amigo de la familia. Es cirujano en el Hospital General San Jorge, en Huesca.

Mi padre, ignorante de todo lo que iba a ocurrir años después, volvió a buscarme al comercio; torpemente, Peset había dado rienda suelta a este matiz de mi vida. 

Desde mi más tierna infancia fui un niño guapo al que le gustaba hacerse el mayor. Un día de Pascua le rompí, sin querer o sin evitarlo, un diente a una niña que se había empeñado en  ser mi “pascuera”, pero yo no estaba por la labor ni me atraían los encantos de la que luego sería la mujer de mi hermano. Creo que sigue sin perdonarme. Mis descubrimientos y atrevimientos, como levantar las faldas a las chicas y salir corriendo o mandar a la mierda a jóvenes y adultos, crecían conforme iba cumpliendo años. Todas las chicas querían salir con el hijo de la tía Amada. A mi primera mujer la conocí siendo adolescente, en un autobús, iba con su novio. Una buena mujer, muy trabajadora. Nunca pude quererla como ella se merecía porque mi corazón pertenecía a otra y siempre me reprocharé el daño que le hice. Después de divorciarme de ella conviví con la mujer que más daño me ha hecho y ella lo sabe. No me ha permitido tener ninguna relación  con nuestra hija. He llorado más por esta niña que por mi santa madre.

Amo a  mis hijos, a todos, pero desgraciadamente no se cuanto tiempo me queda para seguir amándolos, hoy me han confirmado lo que más me temía. Ahora que me estaba comportando, que hace casi dos años que destroné a la Reina de mi castillo, ahora que mis mejores vuelos son con mi compañera, a la que he estado esperando, ahora tengo cáncer. El Dr. Santiago no se atrevía a decirme que me muero, pero dio la cara y me habló claro. En el fondo me aprecia este hombre, aunque me haya hecho pasar por su cuñado para poder meter el coche en el parking del hospital. Amiga, como usted ya sabe, todo lo dejo para última hora. Tendría que haber ido antes pero cielo ya sabes como soy. Te amo, pero me estoy muriendo. Tú aún no lo sabes porque vives con la felicidad en los ojos y yo no me atrevo a decírtelo porque no quiero herir tu corazón. Y… ¿cómo saber morir? ¿cuándo será ese día? Con todo mi ser más profundo ¡por Dios, que sea cuanto más tarde mejor!, por mi sagrada familia. Tengo fe en mi, pero el pilar más fuerte para vencer es ella, lo más importante de mi vida. Que Dios me perdone pero la amo más que a mi madre y a mis hijos, ella es mi latido, mi alma, todo mi ser. Es amor puro y cristalino, la amo y la admiro, es la mujer que siempre soñé, la que amé en la sombra por muchos años, la que amé paseando bajo la lluvia, la que amé en cualquier otra mujer…

Capítulo VIII

El sufrimiento no sabe de edad. El sufrimiento es aún más grande en mi interior cuando miro a mi amor y oigo al pequeño capitán, mi hijo Isaac, que hoy me ha recordado a mi pobre e ignorante padre. De mayor será flaco y alto como él, de carácter seco o mejor dicho reservado pero, con diferencia, más noble e inteligente. La tristeza que surge de este sufrimiento tiene la misma medida que el gran amor que siento por mi único y verdadero amor: la mama de esta familia. Brillaba ya en su adolescencia, como sus hijos. La luz que desprende su brillo es amor, dulzura, honestidad, un aroma distinto al de todas las demás mujeres, ese destello me atrapó un día de verano hace ya… ni me acuerdo. Hace tanto tiempo que la amo desde el silencio de este viejo y castigado corazón  que creo que nací amándola. Es algo muy especial que vive en ella, en su fuego interno, que hizo que la respetara como a ninguna otra, que me hizo olvidar todos los colores del arcoíris. Es tan fuerte esa esencia que me arrastra como el viento cuando se lleva todo a su paso. He amado tantas veces en su nombre sin que ella supiera nada, hasta he llevado bigote más de veinte años porque su padre lo llevaba, y por protegerla me han partido la boca, una noche en la playa, pero ella no recuerda nada. Mejor así. ¡Gran hijo de puta ese que tenía como marido! que dice que vendió su alma al diablo y lo que entregó fue a su mujer por una pirámide blanca. Tendría que haberlo matado, pero no soy un asesino. ¡He sufrido tanto por esta mujer que no me conocía!;  su luz me ha esclavizado.

Hace tan sólo un año respiraba verdadera adrenalina, cuando abandoné a la Reina. A día de hoy con esta enfermedad, por no hablar del dinero, tantos años quemando miles de pesetas y euros, que nunca me importó pero ahora nos hace falta, me muero más deprisa si estoy triste. No quiero entristecerme porque soy afortunado por tener al amor de mi vida, el que me llena de esperanza, ese gran flujo de amor que en mi vida ha sido el motivo de mi existencia. ¡Como la amo! Es la única. Con voz ya desgarrada pero muy alta puedo decir que la amo como jamás amé. La necesito más que un recién nacido a su madre, sin ella soy la tierra agrietada que castiga el sol, ella es todo mi pensamiento, es mi fe y mi verdad. Soy quien más le ama en presente, pasado y futuro.

Como comentaba al principio lo peor de lo peor para el ser humano es el sufrimiento, esa amargura que te llega a lo más profundo, que te arranca la vida día tras día, que te come como un buitre come a su presa muerta, pero uno aún esta vivo y siente el dolor, ese dolor que si nos aterroriza deseamos la muerte. Tras ese mismo dolor, el de la muerte, llega la nada y en ella no podemos sentir horror porque ya no existimos para sentirlo. Quizá cuando tememos a la muerte de forma obsesiva lo que realmente sucede es que estamos muertos de miedo por causas de la vida. Se huye de la muerte por el miedo insustancial que da pero si no se conoce no puede dar miedo. El miedo verdaderamente es la espera… es muy difícil este asunto… lo más importante es ser coherente y muy positivo. Lo más difícil es todo lo que no asusta: ser un lastre para los seres queridos.

Hoy es un día más sin mi amada. Aún no me hago a la idea de que tenga que ir a trabajar para sustentar a esta familia por culpa de esta salud que me ha dejado sin fuerzas para ser el que mantenga esta casa. En la medida de lo que puedo me hago cargo de nuestros hijos estando presente las horas que paso sin mi amor, esperando, contando los segundos que faltan para volverla a ver. Mientras plasmo estas letras que solo ella puede descifrar, todo mi ser tiembla y cabalgo con la velocidad del tiempo, mi tiempo…, ese tiempo que me quede para seguir esperándola.

Capítulo IX

No se cuanto va a durar todo esto. Estoy perdido, agarrado a los días como a una zarza para impedir que se me lleven los demonios,  sin atisbar ni de paso lo que se me viene encima. Siento esa sensación aterradora de no poder dejar de pensar sin pensar en nada y pensando en todo. Sólo la acción me alivia: seguir hacia no se sabe donde o donde preferiría no ir. El Dr. Santiago ya no puede hacer nada más por mí. Por dos veces me puso en tratamiento con interferón para acabar con este virus que llevo dentro de mí desde hace más de veinte años. Esta es otra de las guerras que he perdido. Por lo visto mi genotipo es el más resistente y aparte hay que añadir que las dos veces que me han puesto en tratamiento tuvieron que retirármelo antes de tiempo porque el interferón es una puta mierda que te hace perder la cabeza. Ya no se si es peor la perica o esta droga legal. Con la primera no necesité psiquiatra pero con la segunda si. Esta situación de atrincheramiento del maldito virus ha generado un hepatocarcinoma en la vena porta y aledañas cuya única solución posible es el trasplante, por eso el doctor me remite a la Unidad de Trasplantes de La Fe donde se harán cargo de ponerme en lista de espera. Utilizar el cadáver de un sujeto como almacén de repuestos biológicos parece ser la única opción. El doctor me ha dicho que me porte bien, que no me tome las libertades que me he tomado con él allí donde me manda, que no van a ser tan condescendientes como él, que a la menor incidencia pueden excluirme de la lista sin vacilaciones, pero es que yo soy así y a quien no le guste lo mando a cagar rápido, aunque también puedo ser el más educado cuando quiero o cuando se lo merecen, pero lo que no voy  ha hacer es dejar de ser yo mismo. Desde muy pequeño, sin tener y sin poder, he ido ganándole pulsos a la vida, a las desventuras, a los que iban por delante de mí siendo como soy, sin dejar de ser yo.

He sido precoz  y descarado por derecho, porque tuve que crecer deprisa sin dejar de ser un niño. Muchos domingos con mi traje de comunión, que fue una americana y un pantalón largo, iba al bar de El Rosal a tomarme un café. No llegaba ni a la barra, pero me sentía tan seguro, elegante y adulto que valía la pena tomarse aquella taza que sabía a rayos y charlar con los mayores que echaban la partida mientras bebían sus copas o mandarlos a la mierda cuando me amenazaban con que le iban a decir a mi padre que me dejaba caer por allí. Mi puto padre que a saber si cuando decía que estaba de cacería estaba de putas o con una tal tía Pepita que no hacía más que llamar a casa por teléfono preguntando por él, que luego resulto ser aquella tía a la que íbamos a ver a su casa, mi padre y yo con unos cuatro años, a Valencia y que cuando llegábamos me dejaban en un balconcito jugando hasta que se cansaban de guarrear y nos volvíamos a Alaquàs. Así era mi padre, antes se compraba una chaqueta nueva que me llevaba a la playa, antes cambiaba de coche que compraba una lavadora. El viejo vivía a cuerpo de rey mientras en casa, noche si y noche también, cenábamos patatas. ¿Cómo no iba yo a querer ser mayor aceleradamente? A pesar de todo era mi padre y lo quise, probablemente más que ninguno de mis hermanos, incluso a veces lo hecho de menos, aunque a quién más hecho de menos es a mi abuela. La última vez que la vi fue en casa de mi tía Mercedes, la hermana de mi madre, parecía una muñeca. Mi mujer no lo sabe pero tiene mucho en común con mi abuela Mª Dolores. Era la mujer con más talento e inteligencia  de toda la familia. La vi muerta y desde entonces mi vida cambio para mal. Nunca he entendido porqué a una mujer como ella no le concedieran sus propias hijas el deseo de ser enterrada en su tierra. Ella fue lo mejor de mi niñez. Siempre que venía a verme me traía caramelos de Hellín y continuamente me decía  con voz muy dulce:

– Rafaelico, no te cagues en Dios, si te cagas que sea en diez.

¡Me dio tanto mi yaya en tan poco tiempo! Jamás olvidaré su cara el día de su sepelio, ¡estaba tan guapa! La vi por un cristal.

Abuela, desde que usted se marchó a su cielo dejaron de interesarme los libros y las letras. Usted era la única, que un mes al año, dedicaba su tiempo a enseñarme y por usted he llenado mi casa de libros que no se si tendré tiempo para leerlos todos. Nuestro Señor, ese en el que me sigo cagando todos los días, te dio una hora corta, en eso fue benevolente. Yo, abuela, no quiero ser una ruina para la mujer que amé, amo y seguiré amando bajo la tierra. Mi mujer es mi Dios. Lo siento abuela pero yo pido morir en brazos de mi gran amor y espero, que como tu, sea una horita muy corta. Esta es mi voluntad.

Mi amor, ojalá nos dure lo nuestro, nuestro gran amor verdadero, más tiempo que el que dicen que me queda, que supere este trance y que me puedan llamar pronto de La Fe y entrar en lista de espera. Que la espera no sea muy larga y que todo el proceso salga bien. No quiero ni estoy preparado para renunciar a tu amor ni a nuestros hijos. Intentaré con todo mi ser colaborar y no rendirme. Cielo, a ver si me atrevo a decirte que tengo cáncer. Nunca pensé verme en esta situación de cobardía, en este pozo de incertidumbre y dolor. Ya sabía que la vida no era un camino de rosas pero…¡ Ostias, es casi la hora! ¡Que bien! Me voy a recoger a mi amor, no quiero llegar tarde.

Capítulo X

Esta mañana hemos ido a Valencia Arianne, mi chico Isaac y yo. Ha resultado muy agradable, aunque gasté más de la cuenta, pero lo pasamos muy bien. Fuimos en el autobús a la Asociación para Enfermos de Hepatitis C y a recoger el “peluco” que dejé para reparar hace dos semanas. A la vuelta volvimos en metro. No me gusta nada el metro, por las vibraciones y por las personas, muy sospechosas todas. Le diré a Arianne que por la noche, no, no, no coja el metro, que es mejor el autobús o que nos llame y la recogemos. Para variar Jairo me dio el disgusto. Espero que sea el último.

No se cuando comenzó a escapárseme Jairo de las manos. ¿Qué he hecho mal? ¿De qué soy culpable? Por mucho que hablemos nuestra conversación se convierte en un infierno. No consigo aproximarme a él.  Me siento inútil…mi vida no se si tiene ya sentido. Creo que nuestro hijo nos toma el pelo, o lo hace su inconsciente, pero ya me tiene harto de estos  pequeños detalles. Es un doble de mi mismo y me preocupa su forma ser, sus impulsos y su constante y descontrolado mundo de infancia. Es muy inteligente, pero su talento sin control no es talento, es sabiduría sin rumbo. Si este hijo mío ordenara su vida, pensara antes de utilizar ese vocabulario y controlara su comportamiento, sería casi perfecto. Para mi, su padre, la perfección es lo no lógico, más bien lo imperfecto es el final de lo perfecto;  lo que quiero decir es que, a veces, lo que nos parece que está bien desde otro punto de vista esta mal. En fin, que lo ideal y lo lógico no lo es aunque todos lo digan. Uno mismo decide el destino de su vida y siempre no es lo que creímos que debiera haber sido ya que hay que hacer frente a barreras y adversidades que la vida nos pone. Siempre hay quien dice que no te preocupes, que eso no es nada, pero lo que no entienden es que yo amo la verdad aunque sea cruel, es lo que quiero oír y no puedo dejar de preocuparme por este hijo mío. No se que coño voy a hacer con él. Creo que tenemos un problema de comunicación. Bueno, esta claro que jamás le he dicho que no a muchos caprichos y creo que hay que decir que no a veces,  pero yo también soy caprichoso y si no me pide las cosas se las doy. De todas maneras son tonterías, que no son de necesidad pero que tampoco son excesivas. Buscaré la fórmula para poder ayudarle a ser mejor cada día. Jairo, Jairo, que ya no me queda mucho tiempo, ¿tanto te cuesta hacer caso? Hijo, por favor, por tu futuro, por ser un poquito mejor, esos pequeños detalles, que yo se que no te cuesta nada que seas más ordenado, hijo ¿por qué?, no lo entiendo, ¡cuando intento ser mejor padre! Aún no comprendes el mal que te haces y me haces. Sólo es, hijo, ser mejor tú mismo y algo muy importante: hacerme feliz un poquito. Ya ves que poco te pido y tú cada día más inmaduro. El daño te lo haces tú y al mismo tiempo haces que esta oculta agonía la lleve peor…, no me toques más los “güitos” que cuando te quieras dar cuenta  ya será tarde para ti y para mi. Ahora no quiero besos, que sabes que me ablandan. Todos los días, este tu santa madre o no, te portas regular tirando a mal y yo sólo quiero pulirte y marchar tranquilo, Dios sabe donde, con la esperanza de que vas a poder hacer frente a esta vida regalada que es un tránsito, un paseo corto y no quiero que por impulsivo te ocurra como a mi, que nunca tuve a nadie que me corrigiera, que me marcara el camino. Se que eres inteligente y algún día lo entenderás. Dame esta alegría antes de que vista el pijama de madera que nadie puede evitar, ya que no se si tendré la suerte de que alguien, quien no la tuvo, me pueda salvar.  Si yo se que tienes un gran corazón y por eso quiero que no te estropees.  Te lo pongo muy fácil y no se si me sigues tomando el poco pelo que me queda o es que eres sumamente torpe e irresponsable. ¡Ah!, también meteré en el saco de los “peluqueros” a David y a Rafa, los mayores, ¿es que  estos hijos míos no se acuerdan de su padre? Pero va a ser como dice mi compañera, que yo con su edad también me acordaba poco de los míos. Supongo que será normal. Paciencia, dice la madre de esta familia, paciencia, yo que nunca he tenido, pero visto lo visto tendré que ir acostumbrándome a esta virtud. Posiblemente yo también fui una pesadilla para mis padres, bueno  posiblemente no, seguro.

Rafa, si tu estas mal puede que te cueste más entender a tus hijos pero tienes que intentar ser mejor con todos ellos, si Rafa, te lo recomiendo, te hablo a ti, al que hay dentro de ti; ánimo, prudencia y precaución, que toda tu vida has pensado en positivo y ahora no va a ser menos. Amigo, por ese amor y lealtad que sientes por tu mujer, tu gran búsqueda, ten paciencia y no te enojes, deja de cagarte en Dios, que como dice tu santa este hombre debe estar ya hasta arriba de mierda y cuando quieras encontrarlo vas a tener que ensuciarte mucho. Que auténtica es esta gran mujer, ella es el motor y el timón de este navío.

A veces me da miedo amarte de esta manera, pero no se amarte de otro modo. Gracias por darme todo lo que me das y por ser como eres, la mujer más maravillosa de mi vida. Usted me dio lo que ninguna otra. La amo con la fuerza de los titanes, con la fuerza de lo imposible y más que de cáncer muero de amor. Estoy loco por tu ser más profundo desde hace mas de mil años y es más destructiva la pasión que siento que esta ponzoña que me come. Créeme cielo, aunque parezca locura es amor y la puta realidad es que, aun estando muy enfermo, soy enormemente feliz.